Sábado, 20 Enero 2018

El Matrimonio se funda en el amor

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Jueves, 21 Enero 2016 16:44
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¿Qué ha querido decirnos Jesús aceptando participar en una fiesta nupcial? Sobre todo, que de esta manera honró las bodas entre el hombre y la mujer, recalcando, implícitamente, que es algo bello, querido por el Creador y por Él. Pero quiso enseñarnos también otra cosa. Con su venida, se realizaba en el mundo ese desposorio místico entre Dios y la humanidad que había sido prometido a través de los profetas, bajo el nombre de nueva y eterna alianza. En Caná, símbolo y realidad se encuentran, las bodas humanas de dos jóvenes son la ocasión para hablarnos de otro desposorio, aquél entre Cristo y la Iglesia que se cumplirá en su hora, en la cruz.

Para descubrir cómo deberían ser, según la Biblia, las relaciones entre el hombre y la mujer en el matrimonio, debemos mirar cómo son entre Cristo y la Iglesia. En el origen y centro de todo matrimonio, debe estar el amor: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

Esta afirmación, que el matrimonio se funda en el amor, parece hoy darse por descontado. Pero durante siglos y milenios, el matrimonio era una transacción entre familias, un modo de proveer a la conservación del patrimonio o a la mano de obra para el trabajo de los jefes, o una obligación social. Los padres y las familias eran los protagonistas, no los esposos, quienes frecuentemente se conocían sólo el día de la boda.

Jesús, se entregó a fin de presentarse a sí mismo su Iglesia resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida. ¿Es posible, para un marido humano, imitar también en este aspecto, al esposo Cristo? Hay arrugas producidas por el desamor, por haber sido dejados en soledad. Quien se siente aún importante para el cónyuge no tiene arrugas, o si las tiene son arrugas distintas, que acrecientan, no disminuyen la belleza.

Y las esposas, ¿qué pueden aprender de su modelo, que es la Iglesia? La Iglesia se embellece únicamente para su esposo, no por agradar a otros. Está orgullosa y es entusiasta de su esposo Cristo y no se cansa de tejerle alabanzas. Traducido al plano humano, esto recuerda a las novias y a las esposas que su estima y admiración es algo importantísimo para el novio o el marido, a veces, para ellos es lo que más cuenta en el mundo. Sería grave que les faltara recibir jamás una palabra de aprecio. El amor se alimenta de estima y muere sin ella.

Pero existe una cosa que el modelo divino recuerda sobre todo a los esposos: la fidelidad, hoy, esto de la fidelidad se ha convertido en un discurso escabroso que ya nadie se atreve a hacer.

Pero volvamos al episodio del Evangelio, porque contiene una esperanza para todos los matrimonios humanos, hasta los mejores. Sucede en todo matrimonio lo que ocurrió en las bodas de Caná. Comienza en el entusiasmo y en la alegría, de ello es símbolo el vino; pero este entusiasmo inicial, como el vino en Caná, con el paso del tempo se consume y llega a faltar. Entonces se hacen las cosas ya no por amor y con alegría, sino por costumbre. Cae sobre la familia, si no se presta atención, como una nube de monotonía y de tedio. También de estos esposos se puede decir: ¡No les queda vino!

El relato del Evangelio indica a los cónyuges una vía para no caer en esta situación o salir de ella si ya se está dentro: ¡invitar a Jesús a las propias bodas! Si Él está presente, siempre se le puede pedir que repita el milagro de Caná: transformar el agua en vino. El agua del acostumbramiento, de la rutina, de la frialdad, en el vino de un amor y de una alegría mejor que la inicial, como era el vino multiplicado en Caná. Invitar a Jesús a las propias bodas, significa honrar el Evangelio en la propia casa, orar juntos, acercarse a los sacramentos, tomar parte en la vida de la Iglesia.

No siempre los dos cónyuges están, en sentido religioso, en la misma línea. Tal vez uno de los dos es creyente y el otro no, o al menos no de la misma forma. En este caso, habrá que invitar a Jesús a las bodas a aquel de los dos que no le conozca, siempre con gentileza, respeto y amor para que se convierta pronto en el amigo de ambos. ¡Un amigo de familia! (Del P. Raniero Cantalamessa, II Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C.)

“Jesús, el mundo está lleno de matrimonios rotos, de corazones dolidos, de niños sin papá o mamá. Como debe de dolerte ver a tus hijos en esta condición. Señor, realiza ahora, de nuevo, el milagro de las bodas de Caná, convierte el agua del desamor, de la frialdad, de la indiferencia; en vino nuevo para que las familias se reúnan en el regocijo de tu presencia, para que no haya odios, prejuicios o infidelidad. Que las familias se reúnan llenas de amor en tu presencia, que no les falte el vino…”

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