Sábado, 20 Enero 2018

Buscando a Jesús en lo profundo de nuestra alma

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Viernes, 15 Enero 2016 11:27
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Jesús se dirige hasta el Jordán buscando su camino. Jesús no lo sabía todo, no tenía claro todos los pasos a dar. Al hacerse hombre mortal, Jesús renunció a su sabiduría infinita, renunció a conocer el futuro en todos sus pasos y aceptó la condición de buscador que tiene todo hombre. Jesús se hizo peregrino, buscador de cumbres, soñador de cielos. No se quedó al lado del camino esperando una luz que le mostrara los pasos a dar.

En Nazaret durante treinta años vivió de la mano de Dios, atado a María, anclado en José. Allí tocó el amor humano y se supo amado profundamente por Dios en su familia, en ese hogar que había recibido como don. Pienso que a veces es necesaria la hondura del alma antes de poder comenzar a compartir lo que llevamos dentro. Nazaret fue un tiempo pozo antes de poder ser fuente, un tiempo de enraizar profundamente en la tierra antes de poder ser tronco y fruto. Compartió la misma intimidad del alma de María, esa intimidad de María con Dios fue la que la hizo capaz de estar un día junto a la cruz.

La hondura y la roca de nuestra vida se mide hacia dentro, en su profundidad, en el océano interior. Si no tenemos vida interior, honda y profunda, cuando el viento sople con fuerza nos quebraremos. Pero al mismo tiempo es verdad que todo eso que tenemos dentro un día lo entregaremos y dejará de ser algo sólo nuestro. Se romperá la tierra y brotará la vida. Nuestra vida es para darla.

Jesús comienza su camino fuera de su hogar, de sus raíces más hondas, camina hacia fuera después de muchos años de caminos interiores, de hablar con su Padre, en silencio, en la intimidad de su familia de Nazaret. Jesús tuvo paciencia, esperó señales, buscó las estrellas cada noche intentando descifrar los misterios y un día se puso en camino. Dejó su tierra de Nazaret y se dirigió al Jordán. Dios se hizo uno más. San Pablo habla de este misterio que me hace amar más a Dios: “Él, siendo Dios, se despojó de su rango, tomando la condición de esclavo. Y así, actuando como un hombre cualquiera…”. Él, que no tenía pecado, se puso en la fila de los pecadores en el Jordán, esperó su turno, miró a Juan. Escuchó sus palabras apasionadas, se arrodilló ante el más grande nacido de mujer. En un bautismo general, junto a muchos, nada especial por ser el Hijo de Dios entre los hombres. Y allí, arrodillado, postrado, tocó el amor de su Padre. Ese amor inmenso, ese amor que se abajaba para cubrir su cuerpo, su alma, su vida para siempre. Jesús ese día descubrió que Dios lo amaba con locura, descubrió quién era en lo más profundo, desentrañó parte del misterio de su vida. Treinta años esperando este momento. Un bautismo para cambiar de vida, Jesús iba a cambiar de vida, iba a dejar de ser un carpintero en Nazaret y se iba a convertir en un peregrino libre entre los hombres. Iba a vivir ahora sin un lugar sobre el que reclinar la cabeza. Iba a convertirse en profeta, en sanador, en anunciador del reino de Dios que viene a cambiarlo todo. Jesús descubre aquí dónde comienza su camino, da el primer paso al que seguirán muchos otros, mira las estrellas y busca lo que Dios quiere para su vida. (Del texto del P. Carlos Padilla, en Religión en Libertad, 10/01/2016.)

“Jesús mío, te contemplo humilde, arrodillado, postrado. Me cuesta tanto postrarme, ser solo uno más, pasar desapercibido en medio de los demás. Señor, quiero seguir tu ejemplo para ser más humilde y buscar tu voluntad en medio de las sombras sin pretender tenerlo todo claro, confiando en tu amor y dejándome conducir, cada día por ti, arrodillándome, postrándome antes de querer andar….”

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