Sábado, 20 Enero 2018

Adoración al niño Dios en la fiesta de la Epifanía

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Martes, 05 Enero 2016 13:11
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En un discurso pronunciado al pueblo durante la fiesta de la Epifanía, San Agustín ilustraba con claridad su contenido y su relación con la Navidad. Decía: “Hace muy pocos días hemos celebrado la Navidad del Señor, en este día estamos celebrando con no menor solemnidad su manifestación, con la que comenzó a darse a conocer a los paganos… Había nacido quien es la piedra angular, la paz entre los provenientes de la circuncisión y de la incircuncisión, para que se unieran todos en el que es nuestra paz y que ha hecho de los dos un solo pueblo. Todo esto ha sido prefigurado para los judíos con los pastores, para los paganos con los Magos… Los pastores judíos han sido conducidos ante él por el anuncio de un ángel, los magos paganos por la aparición de una estrella”

Celebremos la universalidad de la Iglesia, la llamada de los gentiles a la fe y la unidad profunda entre Israel y la Iglesia. La estrella, aparecida a los magos, era una “espléndida lengua del cielo” que narraba la gloria de Dios. Su puesto ha sido tomado, a continuación, por el Evangelio, que todavía hoy continúa llamando hacia Cristo a los hombres de toda la tierra. Eso ha sido la estrella, que ha guiado a Cristo hacia nosotros, provenientes del mundo pagano.

En el relato ante el anuncio del nacimiento de Jesús, aparecen con claridad tres reacciones distintas: la de los Magos, la de Herodes y la de los sacerdotes. Comencemos con los modelos negativos. Ante todo, Herodes, él, apenas sabida la cosa, “se turba”, convoca a una sesión de los sacerdotes y de los doctores, pero no para conocer la verdad, sino más bien para urdir un engaño. Esta intención se manifiesta en su recomendación a los Magos de ir y volver después a referírselo. Su proyecto es el de transformar a los Magos de mensajeros a espías.

Herodes representa a la persona, que ya ha hecho su elección; entre la voluntad de Dios y la suya, él claramente ha escogido la suya, ni siquiera procede el pensar en un odio a Dios y cosas semejantes. Solamente él no ve más que su provecho y ha decidido romper cualquier cosa que amenace turbar este estado de cosas. Está animado por aquello que san Agustín llama “el amor de sí mismo, -que según la ocasión- puede llevar hasta el desprecio de Dios”. Probablemente hasta piensa hacer su deber, defendiendo su realeza, su estirpe, el bien de la nación. Incluso, ordenar la muerte de los inocentes, como a tantos otros dictadores de la historia; una medida exigida por el bien público, moralmente justificada. Desde este punto de vista el mundo está lleno también hoy de “Herodes”. Para ellos no hay “epifanía”, manifestación de Dios, que baste. Están “cegados”; no ven porque no quieren ver. Sólo un milagro de la gracia puede deshacer esta coraza de egoísmo.

Pasemos por ello a la actitud de los sacerdotes. Consultados por Herodes y por los Magos si sabían dónde habría de nacer el Mesías, los sumos sacerdotes y los escribas no tienen empacho en responder: “En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”.

Ellos saben dónde ha nacido el Mesías; están en disposición de revelarlo también a los demás; pero, ellos no se mueven. No van de corridas a Belén, como se habría esperado de personas, que no esperaban otra cosa que la venida del Mesías, sino que permanecen cómodamente en sus casas, en la ciudad de Jerusalén. Ellos, decía San Agustín, se comportan como las piedras miliares (hoy diríamos como las señales de las carreteras), indican el camino, pero no mueven ni un dedo. Aquí vemos simbolizado una actitud divulgada entre nosotros. Sabemos bien qué comporta seguir a Jesús, “ir detrás de Él”, y, si es menester, lo sabemos explicar también a los demás; pero, nos falta la valentía y la radicalidad de ponerlo en práctica hasta el fondo. El peligro no afecta sólo a nosotros, los sacerdotes, sino cada bautizado es “un testigo de Cristo”, entonces el planteamiento de los sumos sacerdotes y de los escribas debe hacernos reflexionar a todos. Estos sabían que Jesús se hallaba en Belén, “la más pequeña de las ciudades de Judá”; nosotros sabemos que Jesús se encuentra hoy entre los pobres, los humildes, los que sufren.

Y vengamos finalmente a los protagonistas de esta fiesta, los Magos. Ellos no instruyen con palabras, sino con los hechos; no con lo que dicen, sino con lo que hacen. Dios se ha revelado a ellos, como suele hacer, desde el interior de su experiencia, utilizando los medios que tenían a su disposición; en su caso, la costumbre de escrutar el cielo. Ellos no han puesto demora, sino que se han puesto en camino; han dejado la seguridad, que procede del moverse en el propio ambiente, entre gente conocida y que les reverenciaba. Dicen con sencillez, como si no hubiesen hecho nada de extraordinario: “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Hemos visto y venimos: aquí está la gran lección. Han actuado en consecuencia, no han interpuesto demora alguna. Si se hubieran puesto a calcular uno a uno los peligros, las incógnitas del viaje, habrían perdido la determinación inicial y se habrían frustrado en vanas y estériles consideraciones. Han actuado de inmediato y éste es el secreto cuando se recibe una inspiración de Dios. Son los primeros “hijos de Abraham según la fe”; también Abraham, en efecto, se puso en camino, “sin saber a dónde iba”, fiado sólo en la palabra de Dios, que le invitaba a salir de su tierra.

Van a “adorarlo”. Este término reviste un profundo significado teológico en el contexto de Navidad, que debía estar bien claro en la mente del evangelista Mateo. Él lo usa de nuevo, cuando dice que: “Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre y cayendo de rodillas lo adoraron”.

Los Magos conocían bien qué significa “adorar”, hacer la proskynesis, porque la práctica había nacido precisamente entre ellos, en las cortes de oriente. Significaba tributar el honor posible al máximo, reconocer a uno la soberanía absoluta. El gesto estaba reservado por ello sólo y exclusivamente al soberano. Es la primera vez que este verbo viene empleado en relación a Cristo en el Nuevo Testamento; es el primer reconocimiento, implícito pero clarísimo, de su divinidad.

Los Magos no se mueven sólo por curiosidad, sino por auténtica piedad. No buscan aumentar su conocimiento, sino expresar su devoción y sumisión a Dios. También hoy la adoración es el homenaje que reservamos sólo a Dios. Éste es un honor que se puede tributar sólo a las tres Personas divinas. La adoración es un sentimiento religioso que hemos de descubrir con toda su fuerza y belleza. Es la mejor expresión del “sentimiento de criaturas”, el sentimiento que está en la base de toda la vida religiosa.

Los Magos adoraron al Niño “en la casa”, en las rodillas de la Madre, hoy podemos adorarlo también en la Eucaristía, adorarlo “en espíritu y verdad”, en lo profundo del corazón… No nos faltan ocasiones.

Una última indicación preciosa nos viene de los Magos: “Habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino”.

No queremos forzar estas palabras, pero visto el carácter fuertemente parenético del relato, no está fuera de lugar ver en ello un símbolo. Una vez encontrado a Cristo, no se puede ya volver atrás por el mismo camino. Cambiando la vida, cambia la vía. El encuentro con Cristo debe determinar un cambio, una permuta de costumbres. No podemos, también nosotros hoy, volver a casa por el camino por el que hemos venido, esto es, exactamente como estábamos al venir a la iglesia. La palabra de Dios debe haber cambiado algo dentro de nosotros, de nuestras convicciones y nuestros propósitos.

En esta fiesta de la Epifanía, la palabra de Dios nos ha puesto delante tres modelos, que representan cada uno una elección global de vida: Herodes, los sacerdotes y los Magos. De los Magos se dice que, al volverse a poner en camino, “se llenaron de alegría”; nada semejante para los que prefieran permanecer tranquilos en casa.

Concluyamos con las palabras con que San Agustín terminaba sus discursos de la Epifanía al pueblo: “También nosotros hemos sido conducidos a adorar a Cristo por la verdad, que resplandece en el Evangelio, como por una estrella en el cielo; también nosotros, reconociendo y alabando a Cristo nuestro rey y sacerdote, muerto por nosotros, lo hemos honrado como con oro, incienso y mirra. Nos falta ahora solamente testimoniarlo, tomando un nuevo camino, volviendo por una vía distinta de aquella por la cual hemos venido”. (Del texto del P. Raniero Cantalamessa para la Solemnidad de la Epifania del Señor.)

“Quiero ser como los magos que en cuanto vieron la señal, se pusieron en camino, no dudaron, no vacilaron, no les importaron las dificultades. Iluminados por la luz de la fe, encontraron en el cielo el camino de Belén y al llegar ante el Niño, se postraron, le adoraron, le entregaron sus tesoros para después partir por otro camino y llenos de Él, llevarlo a todos los hombres que encontraron por ahí. Ayúdame Jesús mío a caminar cada día hacia tu luz, que no se esconda tu estrella has que brille para mí…”

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