Sábado, 20 Enero 2018

Bartimeo, un verdadero discípulo de Jesús

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Miércoles, 28 Octubre 2015 16:49
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Es tiempo de abrir los ojos y llenarlos de luz. Quizás podríamos decir lo mismo del ciego Bartimeo, que nos presenta el Evangelio. Es el último milagro que nos narra San Marcos como una síntesis y culmen de todos los milagros anteriores. Bartimeo parece en muchos sentidos ser el ejemplo del verdadero discípulo que espera, ora, grita, se despoja, salta y sigue a Jesús. Un auténtico seguidor que “ha contemplado” a Jesús como Mesías de la misericordia y anhela “unos ojos que puedan verlo” externamente para seguirlo en su camino de la entrega.

Bartimeo no es un ciego más, sino un ciego sentado a la orilla de la senda de la peregrinación que lleva a la ciudad santa, Jerusalén, sin poder participar de ese camino de salvación. Representa a la humanidad entera condenada a la ceguera, abandonada y olvidada que nunca podrá participar de una vida plena. Es el Bartimeo de los descartados, de los desechos que una sociedad en su afán de poder y riquezas, tira y olvida a lo largo de todos los caminos. Es la población marginada a las orillas de las autopistas y ciudades que solamente mira pasar el progreso, ahogada en su pobreza e impotencia. Sí, Bartimeo es el hombre actual que prefiere vivir de las migajas de la limosna porque no se le permite participar y se considera inútil e inservible. Pero Bartimeo en su interior anhela la luz, siente la necesidad de darle sentido a la vida, quiere participar y está atento al paso de Jesús.

Desde lo profundo de su impotencia y de su necesidad, brota ese grito angustioso: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Grito de búsqueda y esperanza que caracteriza a quien sinceramente desea encontrarse con Jesús. Suplicar y gritar desde nuestra ceguera es el inicio del encuentro con Jesús.

Quienes dicen “mirar y saber” pretenden callarlo para que no moleste con sus atrevidos gritos, como si el dolor y el sufrimiento se aplacaran ignorándolos. Hoy también, nos dice el Papa Francisco, hay quienes pretenden con el engaño de las dádivas y migajas, o con presiones y amenazas, callar a quienes sufren a la orilla del camino. Pero la verdadera paz no se logra callando y ocultando el dolor. Bartimeo insiste a pesar de la oposición, la reprensión y la contrariedad. Y Jesús escucha su lamento. Jesús no pasa de largo y lo llama. Jesús tiene “misericordia” y pone su corazón junto al abandonado y olvidado. Y Jesús lo llama.

Al escuchar el llamado, Bartimeo realiza movimientos que a primera vista parecen muy sencillos pero que implican toda una transformación: “tiró su manto, de un salto se puso en pie, y se acercó a Jesús”. Desafortunadamente nosotros estamos ahogados por mantos de egoísmo, de individualismo que nos dejan fuera del camino. Es poco lo que tenemos pero nos atamos a ello. Tirar el manto implica ese salto en la fe que nos despoja de todo. Dejar nuestras falsas seguridades, nuestras comodidades y nuestros acomodos, que nos atrapan, nos ciegan y nos atan. Saltar en el vacío para confiarse en las manos de la misericordia de Jesús. Acercarse a Él desde donde está cada quien, con confianza, con alegría. Sentir su amor y escuchar su palabra.

“¿Qué quieres que haga por ti?”, le pregunta Jesús al ciego y Bartimeo pide de todo corazón y con toda sencillez: “Maestro, que pueda ver”. Es lo más importante: mirar con los ojos de Jesús la situación en que nos encontramos. Iluminar nuestra realidad y nuestra vida con la luz de su verdad. Ya Jesús les había hecho caer en la cuenta a sus discípulos que no es el poder ni la tiranía el camino de la salvación, sino el servicio; ahora concede a este indigente la luz para el camino.

Bartimeo nos enseña el camino de Jesús, no es posible quedarnos instalados a la orilla del camino rumiando nuestra impotencia o nuestro conformismo. De alguna u otra manera Jesús siempre nos está cuestionando qué queremos. Una vida en la rutina y en la apatía no es vida. Jesús nos levanta, nos ilumina y nos lanza a la aventura de construir su reino. Bartimeo, el nuevo discípulo, descubre su lugar en la comunidad y se dispone a seguir en la fe a Jesús.

Quizás nosotros pretendemos ser cristianos sin seguir a Jesús, sin descubrir su misericordia, sin comprometernos en su reino, quizás estorbamos e impedimos el camino de los otros para acercarse a Jesús, quizás dejamos a los hermanos tirados a la orilla del camino con nuestro egoísmo, con nuestra indiferencia o con nuestras ambiciones. (Del texto de Mons. Enrique Díaz Díaz para el XXX Domingo del tiempo Ordinario, en Zenit.org.)

“Jesús, de verdad quiero seguirte, quiero seguir tu ejemplo y decir tus palabras, quiero ayudar a mis hermanos a encontrar el camino hacia ti. No quiero por mi egoísmo o por mi indiferencia, dejar a alguien tirado a la orilla del camino. Ayúdame a dejar a un lado mis ataduras y mis miedos y a seguirte por el camino hacia tu Reino…”

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