Sábado, 20 Enero 2018

El misterio del amor de Dios

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Miércoles, 23 Septiembre 2015 16:14
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El misterio del amor de Dios sigue siendo siempre un gran enigma. 

¿Cómo puede amar Dios de forma incondicional? Aprendemos de niños la condicionalidad del amor. Si hago bien las cosas, me dan amor; si las hago mal, desprecio. No encontramos fácilmente ejemplos humanos y no somos capaces de comprender que el amor de Dios pueda ser así, un amor eterno a prueba de desengaños que dure para siempre, un amor fiel que en la dureza de las crisis se mantenga firme, un amor inamovible, que permanezca incólume como una roca, cuando arrecie la tormenta.  

Es el amor que soñamos. Es el amor del que nos habla Dios. Ese amor perfecto del que tan lejos nos sentimos. Cuesta mucho notar ese abrazo de Dios lleno de amor que nos dice que no pasa nada, que no temblemos, cuando a nosotros nos cuesta tanto abrazar cuando nos han ofendido, cuando nos han herido, cuando han hecho mal las cosas y tenemos que pagar los errores ajenos. Lo más que hacemos es decir que no pasa nada y seguir de largo, pero el rencor se queda encerrado en la herida, guardado en el alma. La incondicionalidad del amor permanece oculta como un misterio indescifrable. ¿Quién puede amar así? La experiencia de sabernos amados por Nuestro Señor nos cambia, nos capacita para amar bien. 

El amor que Dios nos tiene es un amor a prueba de desprecios, no es un amor sólo presente cuando actuamos bien o cuando obedecemos sus mandatos y no nos alejamos de nuestro camino. El amor incondicional de Dios nos salva. 

Somos como piedras vivas que formamos el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, todas distintas, pero unidas tan estrechamente, que si una se desmorona las demás se alteran, sufren; unas piedras son sencillas, humildes, hasta toscas, otras son resplandecientes y pulidas; pero todas son indispensables, todas tienen una misión. Dios nos mira y nos ama, porque todos formamos un mismo edificio, un templo sagrado; para Dios todos somos iguales.  

Se ríe cuando competimos los unos contra los otros buscando nuestro lugar. Nos comparamos y criticamos. Juzgamos y nos enfrentamos, si alguien a nuestro lado brilla más, pensamos que brillaremos menos; si alguien a nuestro lado fracasa, creemos que triunfamos. Es el absurdo de las comparaciones que no llevan a nada; que nos confunden, que nos llenan de rabia o rencor.  

Un amor que admira al prójimo, lo pone por delante y lo valora más que a uno mismo., es el amor que Dios quiere que sintamos por los demás. (Del texto del P. Carlos Padilla en Religión en Libertad, 07/06/2015.) 

“Señor Jesús, hazme una piedrecita humilde, sencilla, que nadie vea, que permanezca ahí, formando parte de tu cuerpo santo, cerca de tu corazón…” 

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