Sábado, 20 Enero 2018

Cerrados a la voz de Dios

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Martes, 08 Septiembre 2015 10:58
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 Dios, en Cristo, eligió a los pobres, se inclinó sobre quienes estaban afligidos por la enfermedad y sobre los de corazón triste, y ahora nos pide a nosotros, sus discípulos, que hagamos lo mismo, siendo canales del “Effeta” de Jesús.

Jesús se acercó a los pobres y a los leprosos; su acercamiento los elevó y curó, devolviéndoles su condición de hijos de Dios, los enriqueció de fe y esperanza. Los tocó no sólo con su palabra sino con sus gestos humanos, con su humanidad. Resulta impresionante saber que Dios no se acerca a nosotros solamente con su palabra espiritual sino que además nos toca.  

Dios llega a nosotros a través de las manos de Cristo, de su saliva, curando así nuestra alma y nuestro cuerpo. Los dedos del Señor, que se hundieron en las orejas del enfermo, no sólo abrieron sus oídos al sonido humano, sino también a la Palabra de Dios. Y la saliva divina puesta sobre la lengua del tartamudo que liberó y a quien le comunicó la agilidad necesaria para orar y cantar la gloria de Dios. 

Este sordomudo es paradigma y prototipo de una humanidad cerrada a la voz de Dios e incapaz de alabar al Señor. Así lo entendió la Iglesia al escoger los gestos de Jesús para elaborar su ritual del Bautismo. Sin el bautismo éramos espiritualmente sordos, sólo capaces de escuchar la voz de la carne y de la sangre, pero no la voz de Dios; éramos espiritualmente tartamudos, indignos y privados del derecho de llamar a Dios “Padre Nuestro”, incapaces de decir siquiera “Señor Jesús” ya que, como enseña San Pablo, nadie puede decir tal cosa “sin la ayuda del Espíritu Santo”.  

Muchos hombres de hoy están sordos como una tapia cuando les habla Dios desde la Biblia, desde los sacramentos, desde la voz de la Iglesia, desde el clamor de los pobres. No logran escuchar o no quieren escuchar el “Éffeta” de Jesús. Porque el mundo les ha roto los tímpanos del espíritu; y tanta carcajada mundana les ha atrofiado la boca del alma. Otros, gracias a Dios, entran en el templo y adoran, rezan, cantan, oyen, hablan a Dios. Estos, en una sociedad descristianizada y neopagana, son una señal fluorescente de Dios, un milagro. 

Cristo resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de la Iglesia. Durante dos mil años, la Iglesia se ha dedicado, no sólo a predicar la Palabra y perdonar los pecados, sino también a curar enfermos, atender a los pobres, ancianos y marginados, luchar contra todo tipo de opresión e injusticia, trabajar por la liberación integral de la persona. Basta ver la lista de los santos y santas fundadores, obispos y sacerdotes, que incluso dieron la vida por esta causa del evangelio. Esta misión no sólo es de los ministros sagrados, consagrados y religiosas. Es de todo bautizado, cada uno en su campo de acción: familia, trabajo, amigos, parroquia, periferias. Pero tal vez, Jesús nos quiera curar también a nosotros hoy, porque tenemos los oídos y los labios cerrados. (Del texto del P. Antonio Rivero en Zenit.org, 01/09/2015.) 

“Señor, quiero escuchar también en mi vida “Éffeta…ábrete”, para que mis oídos se abran a tu Palabra y mi boca la lleve por todo el mundo, comenzando por los más cercanos. Señor, abre mis oídos para pronunciar palabras buenas; quiero tener una mirada de misericordia sobre todas las situaciones y las personas. Que salgan de mi boca palabras que sanen, salven y liberen. Abre mis labios para que sea un anunciador de tu Palabra. Jesús, abre mi corazón para amar y para perdonar…”

 

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