Sábado, 20 Enero 2018

Aprender a escuchar…

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Martes, 08 Septiembre 2015 10:56
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 “…Jesús toca al sordo, lo ama y lo saca de su sordera, Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido y le dijo: ¡Effetá! (Ábrete). Se abrieron sus oídos y al instante se soltó la atadura de su lengua y habló correctamente”.

Jesús nos saca de nuestros límites. Hace realidad lo que hoy hemos escuchado: “Decid a los de corazón intranquilo: ¡Ánimo, no temáis! Él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo”. Nos libera a los que tenemos el corazón intranquilo y nos pide que tengamos ánimo. La sordera es ese mal que nos aísla, nos hace incapaces de entrar en diálogo con los hombres y con Dios. La sordera a veces puede cambiar nuestro carácter, nos puede hacer más agrios, más irascibles, menos sociables, nos incapacita para el diálogo. Oír es fundamental para poder hablar. Escuchar al que nos habla para poder entrar en diálogo. La sordera endurece el corazón.  

Muchas veces oímos bien, pero no sabemos escuchar. Entendemos lo que queremos. Nos quedamos en nuestra comprensión de la vida, de los hombres. La sordera es más profunda y difícil cuando no somos capaces de escuchar el corazón de los hombres, no escuchamos su verdad, nos quedamos en la apariencia. Hemos perdido ese oído que nos permite acercarnos a lo más verdadero del otro. Esa sordera también a veces no nos deja acercarnos a nuestra propia verdad. No escuchamos ni entendemos. Es curioso, cuando uno es sordo no ve la vida como es, se queda detenido en sus miedos y en sus deseos, en sus heridas y en su historia personal. (Del texto del P. Carlos Padilla, 06/09/2015.) 

“Jesús, enséñame a escuchar bien, porque a veces oigo lo que quiero oír y me cierro a lo que no me gusta. Qué difícil es escuchar lo que los demás quieren decirnos, sin prejuicios, sin pretender que solo yo tengo la solución. Ayúdame a no interpretar, a solamente escuchar sin juzgar sin condenar, solo permitiendo que mi hermano te encuentre a ti en mi escucha. Ayúdame para poder escuchar lo que quieres de mí, que no siempre es lo que quiero o lo que me acomoda…”

 

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