Sábado, 20 Enero 2018

Amor verdadero a Dios

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Martes, 08 Septiembre 2015 10:53
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 A veces el hombre ama a Dios como una idea, pero no como un ser divino o como a una persona; no es un amor filial o personal. Y sólo el amor personal es el amor que nos salva. El amor personal a Dios y a los hombres es lo que nos hace humanos. Es el que nos abre el corazón; amar ideas no nos salva. Lo que queda al final de nuestra vida, es el amor personal, el amor recibido y el amor dado.

En el momento de la muerte nos quedamos con lo más importante: con el amor recibido, con el amor entregado. Somos felices cuando hemos recibido amor y cuando lo hemos dado. Y somos infelices cuando recibimos amor tan torpemente que no somos capaces de darlo. Por eso nuestra infelicidad está llena tantas veces de desengaños y frustraciones. El amor determina nuestra felicidad. Amar y ser amados, parece tan sencillo, pero luego la vida y el pecado lo entorpecen todo. 

Hay veces que nos sentimos lejos de Dios, fríos, como si no supiéramos tocar el amor de Dios en nuestra historia; nuestras propias cadenas no nos dejan amar bien; nuestros miedos y prejuicios; nuestros egoísmos y límites que nos imponemos.  

No queremos perder la pasión ni el fuego por la vida, no queremos enfriarnos y perder el amor, el amor que nos capacita para amar más. No queremos una soledad quieta que nos mate el alma. Una soledad segura, pero sin amor. No queremos caminar sin sentido.  

Hoy decido que quiero ir en la barca de Jesús expuesta a la tormenta, no importando donde me lleve. Quiero vivir encendido en un fuego hondo, en el fuego cálido de su presencia que todo lo transforma. Porque estoy convencido, el amor de Jesús puede cambiar mi vida.  

Quiero beber de esa fuente que calma mi sed cada mañana, pensando que es infinita. Quiero tocarle oculto en los hombres y verle vestido de mañana, cuando me levanto. Quiero escuchar su voz callada y comprender las palabras que no oigo, como un hilo sonoro lleno de silencio. Sí, quiero ser suyo, allí donde me encuentro. Quiero aventurarme en la vida que me entrega. Soñar con una vida plena, con una alegría que no pase, que nadie pueda borrar del alma. No quiero responder a todas las expectativas que expone el mundo, como si tuviera que hacer lo que otros piensan, como si tuviera que vivir como otros viven. Me conmueve el abrazo cálido de Dios, su amplia sonrisa. No quiero olvidar que sólo si estoy unido a Él la vida vale la pena. Para eso me despojo de lo que me estorba, de lo que me impide amar, de mis miedos absurdos y me revisto de Jesús. Me revisto de Jesús, para que su carne purifique mi carne, para que su espíritu lave mi alma; me revisto de lo que no soy para llegar a serlo, para sentirlo y vivirlo en mis entrañas. Me cubro de su belleza, para que mi fealdad sea más bella, porque a los ojos de Dios nunca soy feo. Me visto de su pureza, para que mi mirada sea la suya; porque Él me mira puro, aunque yo no lo vea. Me tiño de su sangre, para que mi color sea el suyo y así pueda abrazar a otros con un amor que no es mío, sino suyo, soñando con una vida que sólo vislumbro levemente y aspirando a las cumbres más altas. Esperando el día glorioso en el que el amor sea más fuerte que mis miedos y prejuicios. (De la homilía del P. Carlos Padilla, en Religión en Libertad, 10/05/2015.) 

“Jesús mío, ayúdame a vencer mis prejuicios y mis miedos. Ayúdame a revestirme con tu amor, a que tu Eucaristía me purifique y lave mi alma, a que mi mirada sea la tuya…”

 

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