Martes, 23 Enero 2018

Confiar en nuestro Padre

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Martes, 18 Agosto 2015 13:18
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Muchas veces en nuestra vida utilizamos el verbo necesitar. Sobre todo en primera persona, porque la propia necesidad es la que más nos inquieta. “Necesito tiempo, descanso, cariño, compañía, soledad, más dinero, un buen trabajo, más amigos”. Y alargamos la lista de necesidades queriendo dar satisfacción a todo lo que nos hace falta. Como si la felicidad llegara al satisfacer todas nuestras necesidades.

 Los niños viven así, tienen hambre y piden comida, tienen sed y quieren beber, gritan queriendo satisfacer todo lo que necesitan; lloran, se sacian y duermen. Pero pasan los años y dejan de ser niños, aunque no siempre maduran. Cuando no maduran y necesitan algo, lo gritan, lo exigen, lo suplican. Viven necesitando, pidiendo, buscando, demandando. Se amargan cuando no tienen, se enfadan cuando no logran. Centradas en sus preocupaciones, en sus necesidades, haciendo caso omiso de las necesidades de los otros. Viven para que los hagan felices, les importa lo que a ellos les hace falta en ese momento. Acaban creyendo que la satisfacción de todos sus deseos los hará más felices. Se equivocan, siempre quieren más.

 También el mundo a nuestro alrededor nos engaña. Nos ha creado necesidades que antes no teníamos como un móvil mejor, un coche más rápido, una casa más grande, un ordenador con más memoria, un viaje más fascinante, etc. Algunas de estas necesidades son buenas y nos hacen bien. Nos facilitan la vida, nos permiten cuidar más los vínculos. Pero otras no nos hacen tanto bien, aunque pensemos que las necesitamos para vivir, nos acaban haciendo esclavos.

 El pueblo judío en el desierto tenían hambre, querían pan y recordaban todo lo que tenían cuando eran esclavos en Egipto. Añoraban la esclavitud de entonces como una época dorada. Por eso decidieron construir un becerro de oro; era un dios que les daba seguridad. No querían un Dios al que no podían ver ni tocar, no amaban a ese Dios que parecía dejarles solos en el desierto. A veces, a nosotros nos pasa algo parecido. No confiamos en Dios que es nuestro Padre y necesitamos tocar las cosas, deseamos certezas.

 Nos falta el descanso en Dios, nos falta volver los ojos a nuestro Padre. Confiar como los niños en su poder misericordioso. La confianza en Dios nos da seguridad, cuando no la tenemos necesitamos el poder de los poderosos y el dinero de los ricos. No confiamos en ese Dios que nos ha creado, amado y ha caminado a nuestro lado toda la vida. Por eso necesitamos la protección de los que más mandan y el consuelo de los que más poseen. Ponemos nuestra seguridad en ídolos falsos. Acumulamos cada vez más becerros de oro en el corazón. (Del texto del P. Carlos Padilla en Religión en Libertad, 03/08/2015.)

 “Jesús mío, quiero vivir necesitado de cielo; del cielo que tú viniste a prometerme si en esta vida era buena persona, si cumplía con tu palabra, si amaba a mis hermanos, si es que era humilde, manso y sencillo; si era capaz de desapegarme de aquello que más apreciaba. Si era capaz, en mi empeño de poner a tus divinos pies, como ofrenda mis desvelos…”

 

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