Martes, 23 Enero 2018

"Vosotros sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial"

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Martes, 11 Agosto 2015 11:55
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Jesús toma una frase del libro del Levítico que decía: "Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo". Pero hace suyo este precepto con un sentido completamente diverso de cómo había sido entendido en la Ley de Moisés. Allí se trataba de la santidad necesaria para participar en el culto, que se adquiría por medio de diversas abluciones y manteniéndose libre del contacto con cadáveres y con otras realidades externas que hacían impuro al hombre. Aquí, en cambio, se trata de algo diverso; Jesús se refiere a la santidad interior, a la pureza del corazón, que consiste en el cumplimiento de la Ley evangélica que Él está enseñando.

Conscientes de nuestro pecado, en nuestra impotencia, preguntamos: ¿Cómo se puede cumplir tal precepto?, sabemos que la respuesta es: "El hombre no puede, por más que se esfuerce". Por eso es que la Ley de Cristo nos queda siempre grande y nadie podrá sentirse satisfecho pensando que ya la ha cumplido cabalmente. Queda así excluida del cristianismo toda actitud de autosuficiencia ante Dios. El cristiano sabe que el hombre no se salva por el cumplimiento de ciertos preceptos de una ley externa, sino por pura gracia. La salvación del hombre es fruto de la pasión y muerte de Cristo en la cruz; es algo que obtuvo para nosotros Cristo y no algo que nosotros hayamos logrado por nuestro propio esfuerzo. Permanece el hecho de que Cristo nos dio ese precepto y que lo hizo seriamente y no sólo para convencernos de nuestra impotencia. Cristo nos dio ese precepto en la certeza de que lo podríamos cumplir.

A la pregunta: ¿Cómo?, el mismo responde: "Yo os digo: no resistáis al mal; al que te abofetee en la mejilla derecha, ofrécele también la otra... amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen...". Jesús nos exhorta a esa conducta, "para que seáis, hijos de vuestro Padre celestial”.

Pero esa conducta, que es el cumplimiento de la Ley de Cristo, y que nos hace perfectos como es perfecto nuestro Padre celestial, no puede el ser humano observarla por su propio esfuerzo. Estas acciones son sobrenaturales. Por eso, pretender que un hombre sin la gracia de Dios pueda hacerlas, es lo mismo que pretender que un caballo resuelva un problema de matemáticas. Es imposible porque supera a su naturaleza. Si Cristo, de todas maneras, nos dio esa Ley es porque Él sabía que con su muerte en la cruz nos iba a conceder una participación en la naturaleza divina que nos permitiera cumplirla. El cumplimiento de esos preceptos de Cristo es un don de Dios; ningún hombre puede alcanzarlo por sus propios medios. Cuando alguien observa esos preceptos de Cristo, revela que Dios lo ha santificado, que ha alcanzado la perfección cristiana. Pero el mandato de Cristo de ser perfectos y alcanzar esa santidad está dado a todos; para poderlo cumplir contamos con las gracia que nos concedió por medio de su sacrificio en la cruz. (Del texto del P. Felipe Bacarreza Rodríguez, Obispo Auxiliar de Los Ángeles (Chile). 23/02/2014.)

“Señor Jesús, sé que yo sola, aunque me esfuerce, no puedo alcanzar el cielo prometido, que mi debilidad e imperfección me impiden cumplir a cabalidad tus enseñanzas…Pero tú mi Señor, mi Redentor te diste por entero en sacrificio para que yo pudiera así alcanzar la gloria y llegar a donde pueda y por fin descansar en ti…”

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