Martes, 23 Enero 2018

El pan verdadero

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Viernes, 07 Agosto 2015 13:13
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Del pan material hay que pasar al pan espiritual. El ser humano no sólo es cuerpo. También tiene sentimientos, alma y espíritu. Atender cuerpo y alma es humano y divino, al mismo tiempo.

El maná del desierto que consiguió Moisés para su pueblo es una prefiguración del Pan celestial que Cristo nos dará en la Eucaristía. Moisés quiso que su pueblo superase el cansancio, el desánimo y la rebelión. El maná del Antiguo Testamento no daba la vida; todos los que de él se alimentaban, tarde o temprano sucumbían. En cambio, el pan verdadero que es Cristo, da la vida que no muere.

Pero el hombre también tiene otras hambres profundas: hambre de amor, de felicidad, de verdad, de seguridad, de sentido de la vida. El pan corporal sólo restaura temporalmente las fuerzas, sin evitar con ello la muerte ulterior. Por el contrario, el pan espiritual vivifica, porque destruye la muerte. Por eso, Cristo es el Pan verdadero, del cual el maná era tan sólo figura. Y Dios se preocupa de dar su “pan” a los cansados. Y ese Pan es su Hijo en dos platos gratuitos en cada misa: el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía.

Sabemos cómo es el proceso del pan. Grano que se entierra en la tierra y pasa su invierno. Después florece en espiga. La espiga es cortada y llevada al molino y se tritura. Así también pasó con Cristo que es el Pan vivo, hecho Palabra y Eucaristía. También él se enterró 30 años en Nazaret. Brotó la espiga de su madurez. Y antes de hacerse comible y digerible como alimento de inmortalidad, pasó por la Pasión, donde se dejó triturar por los golpes, por los azotes, por el odio, por la lanza, para hacerse pan de nuestra Eucaristía.

Como el trigo, Cristo debe ser molido antes de volverse Pan de vida eterna. Por esto la Iglesia llama sacrificio a la Eucaristía. La Eucaristía es el sacrificio de Cristo renovado, perpetuado, actualizado sobre nuestros altares. Al celebrar ese sacrificio en la misa hacemos conmemoración de su muerte, de esa muerte que fue una y no muchas. La Eucaristía es, pues, el sacramento del sacrificio de la Cruz, donde nos da a comer el Pan que es su Palabra y su Cuerpo.

Así como el pan material nos hace crecer físicamente, así también el Pan de la Eucaristía, que es Cristo mismo, nos hace crecer en virtudes. Crecemos hacia arriba, superando la visión rastrera y humana. Crecemos para los lados, tendiendo nuestra manos para ayudar a los demás, superando nuestro egoísmo y cerrazón. Crecemos para adentro, para poder tener en nosotros los mismos afectos y sentimientos de Cristo Jesús. No somos nosotros quienes asimilamos a Cristo, sino que es Cristo quien nos asimila, nos diría San Agustín. Y nos hace crecer, hasta alcanzar su estatura. No sólo nos hace crecer, sino que también nos une a su propio sacrificio. En la Eucaristía nosotros también comemos y participamos de su pasión, muerte, resurrección y ascensión. Su sacrificio pasa también por nuestras manos y por nuestra vida; completando en nosotros “lo que falta a la Pasión de Cristo”. (Del texto del P. Antonio Rivero, en Zenit.org, 28/07/2015.)

“Señor, dame siempre el Pan de vida eterna. Que no me contente con asistir pasivamente a misa sino que me inmole interiormente con Cristo para la vida del mundo. Que no me conforme con otros panes que el mundo me ofrece. Que sea pan tierno que me ofrezca a mis hermanos mediante la entrega generosa, la disponibilidad sin medida y la escucha atenta…”

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