Sábado, 20 Enero 2018

Con los ojos cerrados

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Martes, 19 Mayo 2015 11:25
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Hay un texto muy especial que recuerdo, es la historia de Felipe y la conversión de un eunuco. En ese texto se nos muestra cómo actúa el Espíritu. En su corazón le va revelando el Señor a Felipe su voluntad de forma delicada, respetando su libertad, insinuando, proponiendo. Él escucha y actúa. Lo primero que le dice es que vaya a un camino. No le dice un pueblo donde predicar la Palabra, ni un lugar en donde evangelizar. Simplemente le pide que vaya a un camino desierto, donde no haya nadie. Le pide algo con poca lógica y él obedece. Espera, se muestra paciente.

En nuestro caso ¿cuántas veces no creemos en los planes de Dios? ¿cuántas veces nos pide que tengamos paciencia, que creamos en su promesa aunque no veamos nada todavía?

Nosotros desconfiamos cuando no vemos frutos inmediatos. Cuando predicamos en el desierto y nadie parece escucharnos. Desconfiamos. En el caso de Felipe, él se fía de Dios, su conducta es como la de un niño. Tendría ese don de ver más allá de las apariencias, ese espíritu filial de aquel que lo pone todo en manos de su padre y se deja llevar. Era dócil, era barro blando en las manos del alfarero. Así podía trabajar Dios con él.

Pienso que hay que tener un corazón de niño para creer en planes imposibles, para aceptar propuestas poco plausibles.

…Al poco tiempo de estar en el camino, apareció un carruaje con un eunuco que iba leyendo un texto de Isaías. Entonces le dijo el Espíritu que se pusiera a correr al lado del carruaje y así lo hizo. El eunuco lee en alto mientras él corre. Felipe escucha y le pregunta si entiende. Y entonces el eunuco le invita a subir al carruaje. Así comienza la conversión. Al final acaba bautizándolo en un lugar donde hay un poco de agua.

Este pasaje muestra en profundidad, con rápidas pinceladas, cómo era la vida de la primera Iglesia. Una Iglesia dócil, confiada en las manos de Dios.

Hace falta tener un corazón de niño para obedecer a Dios. Pero a veces parecen las cosas más rígidas, con menos vitalidad, con menos libertad de espíritu. Se escucha menos al Espíritu. Hay menos flexibilidad. Nos hemos llenado de normas y preceptos. Nos cuesta actuar con más espontaneidad, más libremente. Hoy el Espíritu sigue susurrando al oído de los que creemos, de los que amamos y soñamos con una vida cerca de Dios. Sigue el Espíritu hablando en el corazón de los amigos de Jesús.

Decía el Papa Francisco: “Entrar en el misterio significa capacidad de asombro, de contemplación; capacidad de escuchar el silencio y sentir el susurro de ese hilo de silencio sonoro en el que Dios nos habla. Entrar en el misterio nos exige no tener miedo de la realidad, no cerrarse en sí mismos, no huir ante lo que no entendemos, no cerrar los ojos frente a los problemas, no negarlos, no eliminar los interrogantes. El alma parece a veces no dejarse sorprender tanto por esas insinuaciones del Espíritu, por ese hilo de silencio sonoro. No sabemos bien lo que Dios nos pide. No escuchamos su voz, no entendemos. No obedecemos con tanta rapidez a sus más leves deseos. Necesitamos vivir la Pascua como una nueva oportunidad para abismarnos en el misterio de Dios”. (Del texto del P. Carlos Padilla, en Religión en Libertad, 03/0572015)

“Señor Jesús, ayúdame para que abra mi oído y mi corazón y entender más, para dejarme llevar a donde tú quieras. Quisiera poder comprender el misterio de lo que me deparas en la vida, ese misterio que no logro descifrar y por el qué me quedan tantas preguntas. Ayúdame a entender qué es lo que quieres de mí.”

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