Sábado, 20 Enero 2018

El pecado, una grave ofensa contra Dios

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Miércoles, 06 Mayo 2015 12:15
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Para el cristiano, el pecado es siempre una grave ofensa al amor. El pecado lleva al hombre a ir contra Dios.

El pecado deja huellas profundas y heridas duraderas. Uno de sus mayores daños consiste en hundir al pecador en la tristeza, la amargura, la desesperanza. Otro daño es el de la dejadez: "si caigo una y otra vez en lo mismo, ¿para qué luchar por el cambio?". Un daño más profundo y sutil consiste en llegar a la idea de que, en el fondo, el pecado no es tan malo, incluso podría ser bueno para uno en su situación actual.

Para el cristiano, el pecado es siempre una grave ofensa al amor. El pecado lleva al hombre a ir contra Dios, al optar por su egoísmo, y contra el prójimo, al preferir el propio bienestar en perjuicio de otros.

Pero si la ofensa es grave, si implica un desorden en el universo, la mano tendida de Dios puede provocar un cambio radical; el pecador que pide misericordia, que se siente perdonado, permite el ingreso en el mundo de una inmensa infusión de bien y de esperanza. La acción de Dios, al ofrecer su perdón, suscita en los corazones una "nueva creación".

El corazón que se deja tocar por el perdón de Dios entra en una nueva vida, empieza a existir en el reino de la misericordia. Si antes sufría bajo las cadenas del pecado, ahora goza en el mundo del amor.

La Encarnación, la Muerte, la Resurrección de Cristo, han abierto las puertas de los cielos, han abierto las puertas de la misericordia. Si el pecado introdujo el misterio del mal en el mundo, la obediencia del Hijo al Padre ha provocado la revolución más profunda en la historia humana: el perdón.

Quien acoge ese perdón, quien se deja tocar por el amor redentor de Cristo, ya no puede volver a pensar ni vivir como pecador. Paradójicamente, el pecado "provocó" la llegada de la gracia. Quien ha sido tocado por la misericordia, quien ha abierto su alma a la conversión, empieza a vivir en el mundo del amor.

Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él? ¿O es que ignoramos que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos pues con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos hecho una misma cosa con Él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado.

Desde el pecado, borrado por la Cruz del Señor, podemos avanzar hacia el amor. Quien ha recibido tanto amor, sólo puede responder con amor. Quien ha sido perdonado, empieza a comprender que también necesita perdonar a sus hermanos. (Del texto del P. Fernando Pascual en Catholic.net)

“Señor Jesús, soy una pecadora, peque contra el cielo y contra ti, te abandoné por años. Sin embargo tengo una fe inmensa en tu misericordia, sé que me amas y yo quiero amarte también. Déjame ponerme de rodillas en tu presencia, para arrepentirme de mis faltas. Te ofrezco mi vida y mis humildes obras y trabajos por lo que me queda de vida. Ayúdame a ser fuerte y no pecar más…”

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