Sábado, 20 Enero 2018

Dejarse tocar por Jesús

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Jueves, 23 Abril 2015 10:07
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Algo siento en mi interior que me ha transformado. Cristo tocó mi corazón y es lo que yo buscaba sin saberlo. Es lo mismo que dice San Pedro a sus oyentes: “Ustedes han obrado por ignorancia… Arrepiéntanse y conviértanse. Reconocer a Cristo resucitado es tomar en serio el Evangelio, es dejarse tocar por Jesús”.

En nuestro camino de la Pascua, le toca a San Lucas presentarnos una escena de Cristo resucitado, quien nos hace ver a los discípulos reunidos hablando de Jesús. Empiezan apenas a asimilar que Cristo ha resucitado y se quedan asombrados ante los relatos de los caminantes de Emaús que les cuentan cómo lo han reconocido al partir el pan. Ellos mismos explican que no acaban de comprender cómo podían tener tanta desilusión y tanto temor a tal grado de abandonar la comunidad y todos los sueños del Reino, y volver derrotados a sus vidas ordinarias. Sin embargo un pan partido y compartido les ha devuelto la esperanza y los ha hecho regresar en la oscuridad pero con el corazón iluminado.
Jesús se presenta con el saludo acostumbrado después de la resurrección: “La paz esté con ustedes”. Es el deseo íntimo de Jesús propuesto con toda justicia al contemplar que su crucifixión y su muerte han hecho perder la paz a sus amigos. Les han traído miedo y confusión. No pueden entenderlas porque no conciben un Mesías en la cruz. Por eso los saluda una y otra vez con la misma expresión, buscando que recobren la paz. Pero tanto es su temor que ahora creen ver un fantasma.
¿Habremos nosotros también perdido la paz? A pesar de que sabemos que Cristo ha resucitado, necesitamos experimentar su presencia en medio de nosotros, abrir nuestro corazón a sus palabras y recobrar la verdadera paz. Me gusta imaginar a Cristo en medio de nosotros y contarle que estamos sumidos en la angustia y en la desesperanza, que las injusticias y la corrupción superan nuestras fuerzas, que estamos tentados a abandonar todo. ¿Qué nos contesta Jesús? Necesitamos que abra nuestras puertas y ventanas y descubra lo que hay en nuestro interior; que penetre su luz en lo más profundo de nuestra oscuridad para iluminarla y disipar nuestros fantasmas.
Escuchar cómo pronuncia con seguridad y confianza aquellas palabras: “No tengan miedo, no pierdan la paz, que no tiemble su corazón”. A partir de estas palabras los cristianos podemos aprender la lección de no tener miedo, a nada ni a nadie. El miedo paraliza y nos deja impotentes frente a las dificultades y peligros. Por eso Jesús nos invita a recobrar la paz y vencer los miedos.

Y para infundirnos seguridad y disipar nuestros miedos, nos presenta también a nosotros, igual que a sus discípulos, las llagas de su cuerpo, de sus manos y de sus pies. Es el mismo que fue crucificado y que ha vencido a la muerte. No se trata de que no haya dolor ni heridas, se trata que a pesar de esos dolores y heridas se pueda triunfar y construir su Reino. Jesús es de carne y hueso, no es un Mesías angelical que ofrece solamente aleluyas y alegrías, Él presenta las huellas que ha dejado su entrega y por eso sabemos que el miedo y el dolor se pueden vencer.
A veces nuestras vidas se llenan de fantasmas que nos atan y empequeñecen, que nos impiden vivir con alegría y en libertad. Jesús desenmascara esos fantasmas actuales con su presencia liberadora. Por su resurrección también nosotros somos capaces de vencer. Hoy nos invita a ser sus testigos y a llevar esta verdadera paz a nuestros ambientes y a nuestro corazón.
Sus discípulos parecen no estar muy dispuestos a creerle, entonces Jesús recurre al símbolo de la comida para demostrarles que no es ningún fantasma. Si Cristo comparte el trozo de pescado asado, busca mucho más que saciar su hambre; quiere hacer comprender a sus discípulos la misión de un Mesías que comparte la vida a plenitud con todos los hombres, en sus más básicas necesidades: el hambre, el miedo y la inseguridad. La comida, la mesa, el pan o la tortilla compartida, forman parte substancial de todas las culturas para mostrar la comunión y la verdadera fraternidad. El comer supone algo más que satisfacer una necesidad biológica. Comer juntos, compartir la abundancia o pobreza de alimentos, donde hay sitio para todos, es símbolo y figura del reino. Por eso Cristo comparte con sus discípulos y con nosotros un trozo de comida, Él que es el verdadero alimento que da vida. Comparte mesa y vida.
Al contemplar a Cristo tan cercano a nosotros surgen los cuestionamientos sobre nuestra vida y compromiso. Urge preguntarnos si hemos superado los miedos para enfrentarnos a las injusticias sabiendo que Cristo está de nuestra parte, o si preferimos cobardemente dejar que siga reinando la maldad y la mentira, mientras nos agachamos murmurando y renegando pero sin atrevernos a luchar por una vida más justa. También debemos cuestionarnos si nuestras Eucaristías significan y crean espacios para compartir, para construir fraternidad, si tenemos apertura para que todos puedan sentarse a la mesa de la vida, sin limosneros, sin marginados que tengan que esperar a ver si caen migajas de nuestra mesa para poder saciar su hambre. ¿Cómo somos testigos de Jesús en nuestros tiempos? (Del texto de Mons. Enrique Díaz Díaz, III Domingo de Pascua 2015).
Señor Jesús, tú que me has renovado en el espíritu al devolverme la dignidad como hija tuya, concédeme superar mis miedos, temores e inseguridades y sentir tu presencia después de tu resurrección para que pueda colaborar, aunque sea de la manera más humilde a construir la verdadera paz…”
SOLO HAY UNA COSA IMPORTANTE…CONOCER A JESUS...

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