Sábado, 20 Enero 2018

El misterio de la Encarnación

Written by  Cuca Ruiz Published in 1 minuto para Dios Miércoles, 25 Marzo 2015 18:00
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El misterio de la Encarnación nos habla de la cercanía, de la proximidad y de la inmediatez de Dios: "un silencio sereno lo envolvía todo y, al mediar la noche su carrera, su palabra todopoderosa, el Señor vino desde el trono real de los cielos". La gran distancia que separa al hombre de Dios ha sido salvada por el mismo Dios. La palabra que, desde la eternidad, expresa, por así decirlo, el diálogo intratrinitario, quiso resonar en el mundo para ser oída por los hombres, elevados de este modo, a la condición de interlocutores de Dios.

La venida de Cristo muestra la misericordia de Dios, su condescendencia, la palabra que se hizo carne y puso su morada entre nosotros es la misma palabra que estaba con Dios y que era Dios. Solo la omnipotencia divina, la omnipotencia de su amor, puede llegar a lo impensable: el anonadamiento de Dios, que se hace concreto en Belén, en Nazaret y en el Calvario.
Dios, sin dejar de ser Dios, quiso entrar en la historia para salvarnos. El Padre envía a su Hijo al mundo. El Hijo, que subsistía eternamente, comenzó a existir en el tiempo también como hombre, asumiendo en su persona divina la naturaleza humana que el Espíritu Santo suscitó en el seno virginal de María. En Cristo, la Trinidad se acerca a nosotros, ya que el Señor incluyó su humanidad en su relación filial con el Padre y la hizo, asimismo, portadora del Espíritu Santo.
La finalidad de la Encarnación es nuestra salvación: El Hijo de Dios asumió una naturaleza humana, para llevar a cabo por ella nuestra salvación. Se manifiesta así la suma bondad de Dios, que quiso comunicarse a la criatura de modo superlativo, explica Santo Tomás de Aquino.
San Bernardo queda asombrado ante esta prueba de la benevolencia divina: "Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre". Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios.
Más aún debemos maravillarnos nosotros. Dios se inclina. Dios baja realmente y nada puede ser más sublime, más grande, que el amor que se inclina de este modo, que desciende, que se hace dependiente. La gloria del verdadero Dios se hace visible cuando se abren los ojos del corazón ante el establo de Belén.
Es como si Dios no se hubiese conformado con dejarnos sus huellas en la creación o con imprimir su rastro en nuestra conciencia. Ha querido ir más allá. Se ha hecho, hijo de María, accesible a cada uno de nosotros.
El Papa Benedicto XVI ha asimilado esta cercanía de Dios al misterio de la Eucaristía: su amor sale, por así decir, de sí mismo y entra en nosotros. "El misterio eucarístico, la presencia del Señor bajo las especies del pan y del vino es la mayor y más alta condensación de este nuevo ser-con-nosotros de Dios. Él, infinito e inabarcable para nuestra razón, es el Dios cercano que ama, el Dios al que podemos conocer y amar". (Guillermo Juan Morado, 04/01/2014.)
"Madre Santísima, María de la Anunciación, Mujer del sí. Puerta abierta al proyecto del Padre. Enséñame a decir sí cuando el Señor me pide que ame a mis hermanos, que renuncie a muchas cosas, que sea paciente, que sea generosa; cuando me pide que me abandone en sus brazos; que diga, como tú: "hágase en mí según tu palabra". Nadie puede decir sí por mí, nadie puede amar con mi corazón, nadie puede sonreír con mis labios, nadie puede entregarse por mí. Y así como tú, espero tener la gracia de decir: "Hágase siempre lo que quiera de mí el Padre, para ayudar, desde mi pequeñez, a construir un mundo nuevo..."

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