Sábado, 20 Enero 2018

Amor a Dios y al prójimo

Written by  Cuca Ruiz Published in 1 minuto para Dios Miércoles, 03 Diciembre 2014 18:00
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Hoy Jesús nos da la clave para ser mejores cristianos: dos mandamientos que se reducen al amor: amar a Dios y amar al prójimo.

El amar a Dios no consiste en sentir el vértigo de lo divino: el regusto espiritual en una comunión, dos emociones temblorosas, tres avemarías nocturnas, cuatro lágrimas, cinco procesiones y nueve primeros viernes de mes. No. Amar a Dios es centrar mi vida en Dios: qué piensa Dios, qué dice Dios, qué quiere Dios y qué me pide Dios. Amar a Dios es abandonar los ídolos y convertirnos al Dios vivo y verdadero, para servirlo.
Amar a los demás es centrar mi vida en los demás: una aceptación (son como son), un respeto (son lo que son), una transigencia (son como pueden), una tolerancia (no dan más de sí), un compromiso forajido por su pan, su justicia, su escuela, sus seguros, su libertad.
Obras es lo que cuenta y lo que no sean obras es pecado, egoísmo, cuento. Se trata, pues, de dar y darse, de negarse y abnegarse, de salir del yo y pasar al tú. Llegar a poder decir con honradez: "Te quiero". No "me gustas", cuya traducción honrada es "te deseo", "te necesito", "me apeteces". Amar a los demás es cuidar a las viudas y a los huérfanos, dar dinero al pobre, cubrir al desnudo.
Todo lo que no sea interpretar así el mandamiento del doble amor es un error, un egoísmo y un pecado. Si amamos en estas dos vertientes, podremos decir como San Agustín: "Ama y haz lo que quieras. Si te callas, calla por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta manera solamente puede salir lo que es bueno".
Y para aprender a amar tenemos que mirar a Cristo, expresión viva de este precepto del amor. Con su propia vida nos ha enseñado el mandamiento único de la caridad que tiene, como una moneda, las dos caras que ya hemos explicado: el amor a Dios y el amor al prójimo. Cristo amó ante todo a su Padre, en la aceptación y cumplimiento perfecto de su voluntad, entregando su vida para reparar la gloria de Dios conculcada por los hombres y así saldar nuestra deuda contraída, que era muy alta. Y amó a los hombres, haciéndose carne para salvarnos y perdonando de este modo nuestros pecados. "No hay otra causa de la Encarnación sino esta sola: nos vio derribados en tierra y que íbamos a padecer, oprimidos por la tiranía de la muerte, y se compadeció de nosotros". (Del texto del P. Antonio Rivero, L.C. en Zenit.org, 21/10/2014).

"¿Puedo decir honestamente que amo a Dios sobre todas las cosas? ¿Puedo decir que amo al prójimo como a mí mismo? ¿Puedo decir que amo al prójimo como Cristo lo ama? ¿Lo demuestro con mi paciencia, bondad, misericordia, donación, preocupación sincera por él, ayuda concreta a mis hermanos?

"Señor Jesús, cuánto me falta por aprender. Perdóname tanto egoísmo en mi vida, que es lo contrario del amor. Que tome conciencia que al final de mi vida, me examinarás por cómo amé. Virgen Santísima, madre mía, tí que supiste amar hasta el extremo a tu amado Hijo Jesús, y que nos lo entregaste, ayúdame a dejar atrás todos mis "yos" y a poner como eje de mi vida a Jesús y en Él a mis hermanos".

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