Sábado, 20 Enero 2018

Con Dios no se juega

Written by  Cuca Ruiz Published in 1 minuto para Dios Lunes, 17 Noviembre 2014 18:00
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A Jesús le encantaba comer con la gente y acudía a banquetes. Por eso no nos extrañe que comparara el Reino de los Cielos a un rey que preparó un banquete. Las insistentes invitaciones del rey a través de sus emisarios, que no son otros que los profetas, encuentran a sus destinatarios indiferentes, despreciando el honor que se les ha hecho, preocupados sólo por sus asuntos materiales: sus negocios, sus campos, su familia.


Por haber sido cuidadosamente elegidos por el rey como comensales de la fiesta de bodas, se ve que eran de un cierto rango, que a los ojos del rey tenían cierto privilegio, lo cual también agrava notablemente su comportamiento, que llega al ultraje y a la misma muerte de los voceros reales que portan las invitaciones. ¡Qué ofensa y humillación infligida al rey!
Se explica así, el por qué en la parábola no se considera exagerada la reacción del monarca, el cual ordena que sus tropas hagan justicia a los asesinos e incendien su ciudad, casi como para borrar de la faz de la tierra todo recuerdo de tan horrible episodio.

Apliquemos esta parábola a la relación de nosotros con Dios. "No os hagáis ilusiones, con Dios no se puede jugar" (Gál 6, 7). No se pueden desdeñar impunemente los dones de Dios, y menos aún pretender que Dios renuncie a su plan salvífico universal, oponiéndole un muro de incomprensión y superficialidad. Excluirse de este plan indica sólo el fracaso del hombre y no de Dios. Es esto lo que quiere decir la parábola cuando muestra al rey que envía a sus siervos a las calles para recoger a cuantos encuentren, "buenos o malos", y así llenar la sala del banquete, en sustitución de los "indignos". Nadie puede impedir la fiesta de Dios. Nuestro olvido o indiferencia no pueden hacer que Dios no exista, ni impedir que realice, incluso sin nosotros, su plan de salvación.
Ahora bien, a ese banquete hay que entrar con el traje de gala, es decir, la gracia santificante, que en el Apocalipsis se describe como "vestido de lino de las obras justas de los santos". Hay que tener la túnica blanca, la corona de palma o de olivo, y las sandalias y los pies limpios. (Según el protocolo oriental, el rey no participaba en el banquete, sino que en cierto momento entraba en la sala, para recibir el obsequio y el agradecimiento de sus invitados). En Oriente, desde los remotos tiempos del rey Hammurabi (s. XVIII a.C.), los reyes solían regalar a sus huéspedes vestidos idóneos para la solemnidad de sus audiencias o para el privilegio de la comparecencia ante ellos. El hombre de la parábola que no tenía el vestido de fiesta fue porque no quiso proveerse del traje, lo que indica una falta de respeto no menos grave que la de aquellos que rechazaron la invitación del rey. Por eso fue también expulsado al infierno. Ninguna interpretación podrá negar que Cristo amenazó con este castigo irreparable a quien hace vanos los dones de Dios, rechazando su gracia. Pero no olvidemos también que esta terrible parábola precede a las tres parábolas de la misericordia, ya que Dios amenaza con la intención de perdonar y corregirnos. (Del texto del P. Antonio Rivero L.C. de Zenit.org 06/10/2014).

"Jesús mío, ayúdame a tomar en serio tus invitaciones y no poner oídos sordos y preferir mis gustos. Ayúdame a tener siempre el traje de gala de la gracia en mi alma y a no ensuciarlo nunca. Dame las palabras para saber cómo invitar al banquete a mis hermanos. Y gracias Señor, por tantos banquetes que me das a diario".

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