Sábado, 20 Enero 2018

Celebración de Pascua

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Jueves, 31 Marzo 2016 12:35
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“Los cincuenta días que median entre el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo”.

 

En Pascua estamos celebrando la plenitud de Cristo y de su Espíritu.

Podemos resumir en tres aspectos a qué nos compromete la pascua: primero, a la fe en Cristo resucitado; segundo, esa fe tiene que vivirse en comunidad que se reúne cada domingo para celebrar esa pascua mediante la Eucaristía y crea lazos profundos de caridad y ayuda a los necesitados; y tercero, esa fe nos impulsa a la misión evangelizadora.

El domingo pasado fue el más importante del año, un domingo del que reciben sentido todos los demás del año. Pero mejor respondamos a estas tres preguntas: ¿Qué puedo saber de la resurrección de Cristo? ¿Qué debo hacer por la resurrección de Cristo? y ¿Qué puedo esperar de la resurrección de Cristo?

Daremos respuestas a estas preguntas…

 En primer lugar, ¿qué podemos saber de la resurrección de Cristo? Hagamos caso a los testigos que vieron a Cristo resucitado. Ellos habrán tenido sus vivencias religiosas, sus dudas, sus convencimientos y discrepancias. Pero todos coinciden en esto: tres días después de ir al entierro de Jesús, como 35 horas después de cerrar su tumba, la encontraron abierta, vacía, con los centinelas a la puerta y atolondrados. ¿El cadáver…? ¿Sabotaje? ¿Secuestro? ¿Truco?  Resulta que las tres mujeres madrugadoras, al llegar al sepulcro y encontrarse con la tumba vacía y dentro la noticia: “ha resucitado”, salieron corriendo a anunciarlo a los discípulos. Después resultó que Jesús se les hizo el encontradizo de jardinero, caminante, comensal, animador. Ausencias misteriosas y presencias repentinas que los traían en jaque. Vivencias místicas, pero de un acontecimiento. Sabemos que los Evangelios que lo cuentan, son libros históricos porque pertenecen a la época. Autores que vivieron con Jesús, le vieron, le trataron, convivieron…Y hasta se jugaron la cabeza por la resurrección y la perdieron. Nadie muere por un mito, un bulo, un truco. Eso es así. La resurrección es verdad.

En segundo lugar, ¿qué debemos hacer por la resurrección de Cristo? Si realmente creemos en la resurrección de Cristo y en su fuerza transformadora, entonces tenemos que hacer algo aquí en la tierra para llevar esta buena noticia por todos los rincones del mundo, a todas las familias y amigos, y también enemigos.

¿No nos llama la atención los jacales de adobe y pisos de tierra y los campesinos con hambre? ¿La hambruna en tantas regiones, guerras, injusticia, pobreza, pecado? ¿Me deja dormir tranquilo el analfabetismo, la enfermedad, la explotación, la amargura, la desesperanza, la sangre de Abel y de la tierra que ponen el grito en el cielo? Y la situación sanitaria, escolar, laboral, humana del mundo es un pecado social, solidario y atroz. Familias rotas y jóvenes en los paraísos perdidos de la droga. Políticos sin escrúpulos que pisotean la ley de Dios, la ley natural y la justicia conmutativa, social y distributiva. Es contra esto que tenemos que luchar y hacer el bien a los hombres y mujeres del mundo, por quienes el Hijo de Dios el viernes santo murió para su liberación y tal día como hoy resucitó para su gloria inmortal.

Finalmente, ¿qué podemos nosotros esperar de la resurrección de Cristo? Si somos como Tomás, incrédulos, podemos esperar que Cristo resucitado en esta Pascua nos resucite la fe en Él y en su Iglesia, y nos deje meter nuestros dedos en sus llagas abiertas. Si somos esos discípulos de Emaús desencantados y desilusionados, podemos esperar que se cruce por nuestro camino y nos renueve la esperanza en Él, aunque nos tenga que llamar de necios y desmemoriados por no creer o no leer con detención las Sagradas Escrituras. Si somos esa Magdalena triste y compungida, porque se nos ha derrumbado nuestro amor, nuestra familia, podemos esperar que Cristo resucitado nos vuelva a mirar y a llamar por nuestro nombre como hizo con María en esa primera Pascua, y así recobrar la alegría de la presencia de Cristo en nuestra vida que se hace presente en los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y Penitencia. Si nos parecemos a esos discípulos encerrados en el cenáculo de sus miedos, contagiándose la tristeza y los remordimientos por haber fallado al Maestro, dejemos alguna rendija de nuestro ser abierta para que entre Cristo resucitado y nos traiga la paz, su paz. Si nos sentimos como Pedro que negó a Cristo, esperamos que Cristo resucitado se nos haga presente y podamos renovar nuestro amor: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que yo te amo”. (Del P. Antonio Rivero L.C. para el Domingo de Pascua del 2016, en Zenit.org)

“Tarde te amé, Dios mío, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí y yo afuera y así te buscaba y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Estabas conmigo pero yo no estaba contigo. Me llamaste y clamaste y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré y ahora te anhelo; gusté de ti y ahora siento hambre y sed de ti” San Agustín, Confesiones.

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