Martes, 23 Enero 2018

Ciudadano del cielo en la Tierra

Written by  Cuca Ruíz Published in 1 minuto para Dios Jueves, 11 Febrero 2016 16:48
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A veces puede surgir esta pregunta en el corazón: ¿En qué nos diferenciamos los cristianos de los ateos? ¿Qué hace Jesús que nuestra vida sea diferente? ¿A caso no vivimos como todo el mundo? ¿No hacemos lo mismo que todos? ¿No amamos las mismas cosas? Es cierto, vivimos donde los demás viven, y tal como ellos viven. Ser cristiano sucede en medio del mundo, en las ciudades de todos, con un lenguaje común. Puede ser entonces que me gusten las cosas que les gustan a otros, las mismas realidades, los mismos sueños. Puede ser que nos guste lo mismo y dependamos de los mismos amores. Que veamos las mismas películas y nos preocupen cosas parecidas. Entonces, ¿en qué nos diferenciamos de aquellos que no creen en nada? Somos diferentes porque habitamos en la misma tierra, pero como forasteros, vivimos en la tierra, pero nuestra ciudadanía está en el Cielo.

 

Cuántas veces nos sentimos tan lejos de ese ideal. Temo que estar en el mundo me haga vivir como todos, sin diferencia y no quiero olvidar que soy ciudadano del cielo, aquí en la tierra. Quiero que Jesús venga cada mañana para invitarme a estar con Él y me recuerde que tengo en el alma grabada la promesa de plenitud y de esperanza que supera mis días grises. No quiero olvidar que Dios me ha creado para dejarme vivir entre los hombres, como Él, amando lo que Dios pone en mi camino sin dejar de mirar el más allá.

Sueño con un mundo más pleno, sueño con vivir de acuerdo a las normas del mundo, pero sabiendo que las normas que de verdad me importan son las de Dios.

A veces podré pensar que no hago lo suficiente con mis pobres redes en mi intento de cambiar el mundo. Pero vuelvo a mirar a Jesús y sé que Él sólo vivió tres años de un lado para otro haciendo milagros, curando, hablando de la misericordia y treinta años los pasó en una rutina santa en familia. Pienso que Jesús quiere que mi rutina sea sagrada, que me admire cada día de nuevo ante gestos que repito cada mañana, gestos integrados en el alma. Gestos sencillos que a veces no valoro porque ya son míos. Gestos que son de Dios en mí, aunque no me dé cuenta. Jesús quiere que yo tome mi vida con asombro sabiendo que es la misma que dejé la noche pasada. Pero a veces descuido con mis prisas y superficialidades las fuentes que alimentan mi alma, las olvido, tal vez se secan. Y me vuelvo más impaciente todavía con la vida que llevo. Y busco nuevas fuentes pensando que las antiguas ya no me dan vida. Pero cambiar solo por cambiar no es lo mejor. La santidad es algo cotidiano y sencillo, no importa tanto el fruto final. Importa mi entrega generosa, callada. La vida no se mejora simplemente cambiando las cosas que estorban. Se mejora en realidad cambiando la actitud del alma ante las cosas y personas que me cuestan. Pienso en tantos cristianos que han vivido en la misma tierra, en este mismo mundo sin ser del mundo. Y lo han vivido todo de forma diferente. Pienso que yo puedo hacerlo igual. Echar raíces sin dejar de pensar en el Cielo. Amar la tierra sin dejar de amar a Dios en ella. Perder la vida sabiendo que la vida que siempre tengo es la eterna. (Del texto del P. Carlos Padilla, para el V Domingo Ordinario de 2016.)

“Señor Jesús, ayúdame para que pueda dar testimonio de que soy tuya por mi forma de amar, por la forma de llevar las contrariedades, de enfrentarme  al fracaso y a las pérdidas. Ayúdame a mirar sin juzgar y sin despreciar. Ayúdame para que cada mañana amanezca con el alma llena de fuego y pasión por la vida, para elevar al cielo cánticos de gozo, para alabarte y amarte en el amor a mis hermanos…”

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